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Herramientas de autoconocimiento y superación personal

¿Qué hacer cuando los estudiantes indican que se aburren en la escuela?

Hace muchos años que vengo escuchando a los niños, adolescentes y adultos decir: “no me gusta la escuela”, “me aburro”. Observo que esto se repite cada vez con más frecuencia, por lo que consideré importante tratar este tema.

Enseño a varios niños y adolescentes a lograr una mayor integración de su cuerpo, mente y espíritu en lo que hacen. Cuando trabajamos durante las sesiones, estas son algunas de las preguntas que les hago: ¿Te gusta la escuela? ¿Qué aprendiste hoy en la escuela? ¿Qué materias son las que más te gustan? ¿Cuáles son las que menos te gustan? ¿Qué dificultades tenés en la escuela?

En el 95% de los casos la respuesta es invariable: “no me gusta la escuela” o “es aburrida”. En muchos casos relacionan la materia con el profesor y a veces, el bloqueo más contundente que les impide aprender, es que el estudiante no se siente a gusto precisamente con el profesor. (Aunque de este tema me ocuparé más adelante). En otros casos los aspectos negativos de la escuela están asociados a contenidos poco interesantes, teoría que no tiene aplicación en la vida, estar sentado y quieto, tener que escuchar todo el tiempo y no poder participar activamente de la clase, falta de actividades prácticas, sólo por mencionar algunos.

Cuando, en cambio, aparece algún punto de interés, se relaciona con los amigos y afectos dentro de la escuela y/o con el deporte como juego y disfrute y en algunos casos, la música. Gracias al deporte el estudiante tiene la posibilidad de integrarse naturalmente.

Ante esta inquietante situación a nivel general… me planteo, reflexiono y me pregunto: ¿cómo actuar y qué hacer para brindarles a los estudiantes un ambiente más amigable?

Si el niño está incómodo en su contexto de aprendizaje, no entiende y no aprende. Por lo tanto, su foco de interés pasa a ser alguna distracción ya que no siente motivación. Desde mi entender, el contexto también debe colaborar con el aprendizaje. Entiéndase por contexto: la escuela, el lugar donde se da la clase, el docente que da la clase y los alumnos que forman parte de la misma y el niño/adolescente con su historia personal y familiar.

Cuando empiezo a indagar por qué, pareciera que subyace algo en común: los niños están “distraídos” y “desinteresados” por sus clases, con su foco de atención e interés en otros estímulos: el celular, los juegos online, tener hambre.

Po supuesto, esto está asociado a la falta de límites tanto en la casa como en el colegio, el desorden alimenticio, la falta de hábitos.

Todo esto conduce a los estudiantes a generar más bloqueos; y aquel que está bien y quiere aprender, muchas veces pasa a ser víctima o foco de distracción y se convierte en la burla del resto de la clase.

Con todo este contexto, los niños empiezan a dar señales: algunos simplemente no terminan de copiar del pizarrón o escribir lo que el profesor dicta y esto, entre otras cosas, les va mermando la confianza en sí mismos y, muchas veces, empiezan a sentir que no pueden. Más allá de la buena intención del docente en desactivar estos mecanismos, en realidad la metodología de premio – castigo termina reforzando el “no puedo”. Como verás, son diferentes ítems que no colaboran al momento de aprender.

Sin embargo, no todo está perdido. Hay un pequeño porcentaje de estudiantes que están satisfechos con el profesor, porque ante las mismas preguntas iniciales, responden: “me contagia su alegría. Se nota que le gusta lo que hace, tiene pasión y nos prepara actividades interesantes”. Veo, en esos casos, que los estudiantes sí están motivados. Y sin lugar a dudas, la motivación es un pilar importantísimo al momento de aprender.

Pareciera que en algunos casos faltara coherencia. El alumno intenta estudiar pero muchas veces sólo lo hace memorizando, ya que ni siquiera aprendió a estudiar, no le enseñan técnicas de estudio ni metodologías de aprendizaje. Si sólo fuéramos capaces de buscar lo mejor de cada situación y viéramos lo mejor que tiene cada persona, podríamos facilitarle el desarrollo de su potencial. Si podemos detectar sus puntos flojos, también podríamos apuntalarlos y resaltar lo positivo.

Esto lo tengo muy claro y experimentado, ya que otra de mis actividades es preparar niños para rendir inglés. Desde hace muchos años que viene sucediendo esta situación. Y, por lo que observo, las cosas en general van empeorando. Es necesario hacer más foco en las necesidades del estudiante, escuchándolos. Mi tarea es acompañar a los estudiantes, buscando alternativas más integrales.

No me estoy poniendo ni del lado del estudiante ni del lado del docente, ya que amo aprender y también enseñar, sólo busco, desde lo que a mi me pasa y siento, comprender y reflexionar acerca de la educación para aportar mi granito de arena.

Otro de los ítems que me parece importante es el que el estudiante comprenda la importancia de lo que estudia, el “para qué”, el encontrarle el sentido al objeto de estudio también impulsa a querer aprender. No se trata sólo de memorizar.

Muchos niños abandonan la escuela porque no le encuentran sentido, o porque sencillamente no alcanzan los objetivos y terminan creyendo que la escuela no es para ellos, o más doloroso aún: que ellos no encajan en el sistema educativo. Lamentablemente, conocemos cada vez con más frecuencia casos de bullying, la agresión a la orden del día o ser la víctima de una situación, dos caras de la misma moneda.

Quizás es muy ambicioso… pero entiendo que como paliativo a esta situación, es urgente empezar a implementar herramientas compatibles e integradoras de nuestro cuerpo, mente y corazón en el aprendizaje. Algunas de las que considero valiosas para lograr la integración son: el yoga, la meditación y gimnasia cerebral. Esta última, si bien se llama gimnasia cerebral, no depende sólo de pensar y hacer ejercicios mentales. Sino todo lo contrario: la gimnasia no se hace con la mente, sino a través del cuerpo, nuestro más sabio aliado.

Es momento de pensar, de involucrarnos. Cada uno desde su rol: como padres, tíos, abuelos, docentes, estudiantes; y preguntarnos: ¿comprendo las necesidades que reclaman los estudiantes? ¿Comprendo mi rol como adulto, responsable y educador? ¿Qué aporte significativo puedo brindar?

Por el momento no tengo respuestas, sólo más preguntas. Te invito contarme qué otras preguntas te hacés y si tenés estudiantes en tu entorno, que me cuentes también sus preocupaciones o necesidades. Quizás entre todos, podamos aportar granitos de arena y crear una gran montaña.

Espero ansiosa leerte.

Un cordial saludo,

Gabriela

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